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Mariposas migratorias

Todos aprendimos en algún lejano libro escolar las discusiones de Galileo con los inquisidores. Galileo acababa de descubrir los satélites de Júpiter y pretendía que sus jueces comprobaran su existencia por sí mismos, mirándolos por el telescopio. El problema es que la bóveda celeste era sólida, y casi con certeza de cristal. Si Júpiter tenía satélites, esas lunas, para girar en torno del planeta, tenían que perforar el cielo en múltiples lugares. Pero el cielo, morada física de Dios, era perfecto. Luego, no podía tener agujeros, y si el telescopio los mostraba había que preguntarse: ¿para qué queremos un aparato que contradice las Sagradas Escrituras?

 


En última instancia, ese inaccesible planeta no le importaba nadie. Se trataba de una cuestión de poder. En este caso, del poder de dictaminar qué cosas son ciertas y cuáles son falsas e imponer esa visión al conjunto de la sociedad.

La repetición incesante de esta anédota se hacía con un propósito didáctico: antes se le decía a la gente lo que tenía que pensar y después del Renacimiento comenzamos a pensar por nosotros mismos.

Pero una mirada del lado de adentro de la ciencia contemporánea nos lleva a relativizar esas afirmaciones tan contundentes. Entre nosotros sigue habiendo prejuicios arraigados y siguen existiendo estructuras de poder que se guían por certezas no siempre sólidas. La historia que hoy les traigo tiene que ver con los condicionamientos que nos imponen esas certezas.

Los dueños del saber habían dictaminado que los animales muy pequeños nunca se alejaban del lugar en el que habían nacido para seguir un camino preciso. Teníamos migraciones estacionales de bisontes, golondrinas y salmones. Y teníamos las grandes mangas de langostas llevadas por el viento, pero nadie consideraba posible la migración de las mariposas.

En realidad, nadie con poder en el mundo científico. El novelista Vladimir Nabokov  había observado semejanzas entre especies de mariposas de distintos continentes que sólo se explicarían suponiendo que hubieran viajado de un sitio a otro. Pero Nabokov no pertenecía a la élite académica sino que era sólo un aficionado, lo que significaba que no había  ningún motivo para tener en cuenta lo que descubriera, más allá de las evidencias que presentara.

No estamos tan lejos de esa forma de pensar. Aún no nos dimos cuenta de que los aficionados pueden ser un desprejuiciado control externo de lo que investigamos.

En esta entrega, ustedes reciben un doble desmentido a las certezas de los sabios:

 

 

Lo que vemos aquí no son sólo anécdotas curiosas, sino que se trata de un llamado a evitar las certezas definitivas, impuestas desde el poder, que sólo sirven para retrasar la llegada de las nuevas ideas.



Un gran abrazo a todos.
Antonio Elio Brailovsky

Mariposas

 


 

EL LARGO VIAJE DE LA MARIPOSA

Por Antonio Elio Brailovsky[i]

Uno de los fenómenos más sorprendentes de la naturaleza es el de las aves migratorias. Todos los años, al llegar los primeros fríos, se agrupan, juntan los pichones que han nacido esa temporada y levantan vuelo. Las hemos visto a menudo cruzando los campos en un vuelo regular. La bandada tiene siempre la misma forma, que varía un poco según las especies: una enorme "V", con los guías al frente, los más fuertes a los lados, para proteger a los más débiles, que van al medio.

No van a cualquier parte: todos los años siguen el mismo camino. ¿Cómo se orientan a través del océano? ¿Cómo saben encontrar un tejado o un árbol, a miles de kilómetros de distancia? Es conocido el caso de las cigüeñas, que vuelven todos los años a anidar en el mismo país, en la misma provincia, en la misma ciudad y en el mismo techo.

Durante siglos fueron la admiración de los marinos. En sus largas exploraciones, los descubridores portugueses las seguían en el océano, para tratar de encontrar las islas. Así fue que ocuparon el archipiélago de Sao Tomé, en el Golfo de Guinea, su base estratégica del comercio esclavista durante siglos. Las aves migratorias parecían saber orientarse por el sol y las estrellas, desde mucho antes que lo hicieran los fenicios. Pero además, también   volaban   en   días nublados.

¿Tal vez se orientaran por los vientos?

Pero en distintas condiciones climáticas, se volvían a ver esas bandadas en forma de "V'.

Quizá recordaran su camino dijeron otros. Pero hay años en que las tierras
están resecas y años en que están inundadas, sin que eso parezca afectarlas. También el hombre cambia de­masiado los paisajes. Las selvas se convierten en campos de cultivo, los campos a menudo en desiertos, y las bandadas siguen reconociendo su cami­no.                              .

Un día, a un científico se le ocurrió una hipótesis  absurda: —Tienen   una brújula—, dijo.

Y para comprobarlo,   capturó  unas cuantas aves migratorias, les ató unos imanes y las soltó. Los pobres pájaros no pudieron encontrar su ruta. Así se comprobó que, además del sol y los vientos, la memoria y las estrellas, las aves migratorias también se orientan por el magnetismo terrestre. Millones de año antes que Colón, la primera bandada de pájaros cruzó el océano, orientándose con una brújula natural, un sentido interno que les permite percibir la diferencia entre el norte y el sur.

Y cuando todavía nos cuesta creer en esta maravilla de las aves migratorias, encontramos otra historia aún más incre­íble, que es la de las mariposas migratorias. Hace apenas unas pocas décadas, la ciencia descubrió que una mariposa amarilla -—parecida a las que vemos en nuestros jardines— hace un increíble viaje desde Canadá hasta México. La mariposa se llama monarca y el viaje inverosímil que realiza justifica un nombre tan sonoro. Estas mariposas eran conocidas desde hace tiempo por los campesinos mexi­canos, quienes sabían de sus hábitos migratorios. Los científicos tardaron tanto tiempo en descubrirlas porque en la ciencia también existen los prejuicios: nadie creía que su existencia fuese posible. Inclusive, es probable que al­guien haya tenido pruebas de su existen­cia y simplemente no haya creído en ellas, hasta que la realidad se impuso.

La migración de las monarca es estacional, al igual que la de los pájaros. Vuelan en grandes bandadas y, como los pájaros, tienen un vuelo distinto cuando andan revoloteando por ahí, que cuando emprenden el camino, a gran altura, en línea recta y a velocidad constante. Es decir, que su técnica de vuelo es tan compleja como la de las aves.

¿Cómo es que un insecto tan diminuto encontró una solución adaptativa tan compleja? ¿Acaso la monarca desciende de otras mariposas que hacían migraciones más breves y fue aprendiendo a volar lejos en incontables generaciones? ¿O incidieron fenómenos de otra índole, quizás las grandes glaciaciones que afectaron a nuestro planeta? Pero ade­más, ¿es ésta la única mariposa migrato­ria, o hay otros insectos que atraviesan continentes sin que los sepamos?

La mayor parte de estos interrogantes no tienen aún una respuesta que vaya más allá del nivel de las hipótesis. Las monarca están siendo estudiadas, y si sobreviven, podremos aprender mucho sobre ellas y sobre el complejo fenómeno que es la vida sobre la Tierra. Porque las monarca están en peligro de extinción por la progresiva destrucción de sus hábitats. Después del largo viaje, su parada son unos pocos lugares boscosos en México y en el sur de los Estados Unidos. Estos sitios van siendo sitiados por el avance del hacha y la motosierra. Cada árbol que cae es un habitat menos y no puede esperarse que las mariposas (cuyos hábitos están indisolublemente marcados por el instinto) aprendan a elegir otro destino.

Siguen yendo al mismo lugar que sus antecesores, sólo que el avance de los cultivos ha ido raleando esos bosques cada vez más. Así, se las ve arracimarse en los árboles sobrevivientes, tan juntas que el observador pensaría que el árbol tiene ya las hojas amarillas. Pero no, aún es verano y son miles y miles de mariposas de ese color, apretadas unas junto a otras. En esa situación, son fácil presa de los animales insectívoros, que acuden en gran cantidad a alimentarse de ellas.

En los últimos años, México y los Estados Unidos han declarado áreas de reserva natural a algunos puntos de arribo de estas mariposas, pero nadie sabe si son suficientes como para permitir la supervivencia de la especie. Si consi­deramos que vale la pena hacer el esfuerzo de salvar un prodigio que todavía no somos capaces de entender, se requiere una acción internacional y coordinada en ese sentido. Quizás sea necesario descubrir otros hábitats que merezcan ser preservados, antes que las hachas y los insecticidas lleguen hasta ellos. En esta situación, no se podrá contar con los propietarios de los cam­pos, quienes preferirán fumigar las ma­riposas, antes que ver a parte de sus campos convertidos en parque nacional.

Las monarca de Argentina también migran y lo hacen con trayectos del orden de los mil kilómetros. No son una especie protegida y todo indica que serán una víctima más de las fumigaciones para cultivar soja.
Ante este caso, como ante otros tantos, nos volvemos a formular la misma pregunta: ¿seremos capaces de conservar la enorme diversidad de lo viviente? ¿O destruiremos el mundo natural, aun antes de conocerlo?

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